lunes, 23 de marzo de 2015

Sra. Emérita Migoya

Comencemos explicando porque  se escoge el título de “Los Mentidero de Puebla”;
 Los lectores preguntarán, ¿qué es un mentidero? ¿Tiene que ver con mentiras?
El diccionario de la Real Academia de la Lengua define a mentidero como “Sitio o lugar donde se junta la gente ociosa para conversar,” pero eso es sólo una parte de la definición del mentidero que me interesa utilizar para los fines específicos de esta columna: indaguemos más en la historia lo que estos significaron.
En la España del siglo de Oro (1492 a 1681) los mentideros se ubicaban en la ciudad de Madrid; eran lugares físicos en donde los habitantes de la capital castellana se reunían a discutir aquellos eventos que impactaban sus vidas cotidianas.
Pero no imaginemos estimado lector que se reunían a hablar de cómo se vivía trabajosamente de manera individual o familiar el día a día, no… los madrileños del siglo de oro se reunían a hablar de las locuras, tonterías o aciertos en los que se veían involucrados los personajes de la política—el monarca o el valido en turno--, la corte—nobles o burgueses que rompían los códigos de conducta considerados importantes en aquel momento--o de la religión católica—los obispos o frailes y monjas que eran santos o demonios y que maravillaban por sus acciones.
En estos mentideros se sacaban a la luz chismes e historias sobre el acontecer diario y sobre ellos se especulaba, agrandaba o reducía la importancia de las acciones de las celebridades madrileñas de aquel momento.
Esta columna tiene la intención de copiar a los mentideros madrileños de los siglos XVI y XVII y hablar de aquellos eventos que llaman la atención de ciertos segmentos de los habitantes de la ciudad poblana, sacando a la luz algunos incidentes y proveyéndoles de una interpretación muy particular en el espíritu de una conversación ociosa.
 Como tocamos el tema del reino español, me interesa presentarle al lector una historia que ocurrió en semanas pasadas y que entrelaza a la historia de Puebla, con la del país ibérico.
En días pasados falleció la Excelentísima Señora Doña Emérita Migoya Velázquez, conocida en ciertos círculos de la sociedad poblana como la Güera Migoya.
Todos los días mueren personas, me dirá el lector ¿qué tenía de especial esta Señora en particular? En el 2015 podríamos decir que nada; se fue una madre y abuela que deja tras de sí una familia encantadora en la ciudad de México, pero en su juventud, en las décadas del 70 y 80… esa es la historia que nos interesa y narraremos a continuación.
Comencemos por decir que tuvo un pequeño papel en la historia moderna de España; su marido—el Vicealmirante español Excelentísimo Señor Don Joaquín Domínguez Aguado, miembro de la orden de San Hermenegildo—fue jefe de la base naval de la isla de Rota a partir de 1985.
 Durante la Guerra del Golfo (1990-91), momento en el que Estados Unidos mandó a sus fuerzas militares a luchar en contra del ejército de Sadam Hussein que había invadido Kuwait, el Primer Ministro español, Felipe González, prohibió que las fuerzas militares de los norteamericanos pudieran aterrizar en cualquier punto del reino español.
 Quino, como fue conocido el Vicealmirante, desoyó las órdenes de Felipe González y permitió que los aviones estadounidenses aterrizaran en la base naval de la Rota en camino a la guerra en Medio Oriente, acción que le valió ser reprendido por el Primer Ministro español y condecorado por el gobierno de George Bush Padre.
 En ese trance delicado, la Güera Migoya estuvo junto a  su marido apoyando la decisión que contravenía la del Primer Ministro, tratando con el personal militar de Estados Unidos y con sus esposas para tratar de arreglar la ríspida situación.
Aunque podríamos decir que ese fue el momento por el que la historia política podría recordar al matrimonio formado por Quino y a Emérita en un pequeño pie de página, en Puebla la Güera sería recordada por otros motivos.
El primer motivo por el que recuerda en Puebla fue por ser descendiente de una de las familias españolas textileras que la historiadora Leticia Gamboa Ojeda definió como “empresarios y comerciantes  pertenecientes al grupo dominante…” los Migoya:
Por parte de su madre descendía  de las hermanas Velázquez, cuyo mérito ante los ojos de la sociedad poblana era la belleza de sus ojos y que dos de las hermanas se casaron con hombres ricos; Herminia Velázquez con Gabriel Alarcón Chargoy, y la madre de Emérita, la Güera mayor casada con Don Perfecto Migoya.
 Los antecedentes familiares, las conexiones sociales y la fortuna textilera y bancaria de los Migoya le dieron pase directo a la sociedad poblana, pero eso no es suficiente para recordarla… no querido lector; lo que se recuerda de ella sus ojos azules, que algunos describían como “los canicones azules” y su espíritu de independencia.
 Tal vez fue porque nació bajo el signo de acuario que poseyó un espíritu de rebeldía que la llevó a ser más emancipada—y criticada--de lo que fueron las mujeres poblanas de su generación.
Cumplió con la formación que se les dio a las Señoritas de la sociedad de las décadas del 50 y 60—estudios en el Teresiano, un año en Canadá para aprender inglés y después el Social Femenino. La diferencia respecto a sus contemporáneas fue que conoció a celebridades como Cantinflas gracias a que su tío Gabriel Alarcón tenía una injerencia mayúscula en la industria del cine nacional.
Pero fue a partir de la década del 70 que cambió su vida.
Se casó y aunque del matrimonio nació su única hija—feliz suceso--, este se disolvió al poco tiempo de haberse efectuado.
El divorcio—mal visto por los poblanos de 71--, significó la libertad de Emérita que se fue a la Ibero de México con su hermano Arturo donde estudió Relaciones Industriales.
Su tiempo en la capital mexicana la llevó a socializar con las personas más interesantes del jet set mexicano y su vida quedó plasmada en las columnas y las fotos de Nicolás Sánchez Osorio para que los vieran sus paisanos poblanos.
Finalmente en la década del 80 se mudó a España, donde trató con Don Juan de Borbón, abuelo del Rey Felipe VI, y de su relación con el pretendiente al trono español conoció a Quino casándose con él y posteriormente pasando tiempo entre Puebla y España como esposa del noble Vicealmirante gobernante de la Rota hispana.
Fue amiga en dos continentes de embajadores, gobernadores, empresarios y damas de sociedad que la amaban o la odiaban… con Emérita no había medias tintas.
Si nos detenemos a analizar la vida de esta mujer, producto de una sociedad poblana provinciana y católica hasta el aburrimiento, debemos reflexionar que su vida fue liberadora y ello hizo que rompiera los moldes de comportamiento de la mujer siendo una precursora de opciones de vida que las mujeres poblanas actuales dan por sentado. Descanse en paz Emérita Migoya, una mujer extraordinaria.

Concluyo esta reflexión, agradeciéndole a Mario Alberto Mejía lo oportunidad de participar en el proyecto de Sexenio Puebla. 

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