Comencemos explicando porque se escoge el título de “Los Mentidero de
Puebla”;
Los lectores preguntarán, ¿qué es un
mentidero? ¿Tiene que ver con mentiras?
El diccionario de la Real
Academia de la Lengua define a mentidero como “Sitio o lugar donde se junta la gente ociosa para conversar,” pero
eso es sólo una parte de la definición del mentidero que me interesa utilizar
para los fines específicos de esta columna: indaguemos más en la historia lo que
estos significaron.
En la España del siglo de Oro (1492 a 1681) los mentideros se
ubicaban en la ciudad de Madrid; eran lugares físicos en donde los habitantes
de la capital castellana se reunían a discutir aquellos eventos que impactaban
sus vidas cotidianas.
Pero no imaginemos estimado lector que se reunían a hablar de cómo
se vivía trabajosamente de manera individual o familiar el día a día, no… los
madrileños del siglo de oro se reunían a hablar de las locuras, tonterías o
aciertos en los que se veían involucrados los personajes de la política—el
monarca o el valido en turno--, la corte—nobles o burgueses que rompían los
códigos de conducta considerados importantes en aquel momento--o de la religión
católica—los obispos o frailes y monjas que eran santos o demonios y que
maravillaban por sus acciones.
En estos mentideros se sacaban a la luz chismes e historias sobre
el acontecer diario y sobre ellos se especulaba, agrandaba o reducía la
importancia de las acciones de las celebridades madrileñas de aquel momento.
Esta columna tiene la intención de copiar a los mentideros
madrileños de los siglos XVI y XVII y hablar de aquellos eventos que llaman la
atención de ciertos segmentos de los habitantes de la ciudad poblana, sacando a
la luz algunos incidentes y proveyéndoles de una interpretación muy particular
en el espíritu de una conversación ociosa.
Como tocamos el tema del
reino español, me interesa presentarle al lector una historia que ocurrió en
semanas pasadas y que entrelaza a la historia de Puebla, con la del país
ibérico.
En días pasados falleció la Excelentísima Señora Doña Emérita
Migoya Velázquez, conocida en ciertos círculos de la sociedad poblana como la Güera
Migoya.
Todos los días mueren personas, me dirá el lector ¿qué tenía de
especial esta Señora en particular? En el 2015 podríamos decir que nada; se fue
una madre y abuela que deja tras de sí una familia encantadora en la ciudad de
México, pero en su juventud, en las décadas del 70 y 80… esa es la historia que
nos interesa y narraremos a continuación.
Comencemos por decir que tuvo un pequeño papel en la historia
moderna de España; su marido—el Vicealmirante español Excelentísimo Señor Don Joaquín
Domínguez Aguado, miembro de la orden de San Hermenegildo—fue jefe de la base
naval de la isla de Rota a partir de 1985.
Durante la Guerra del Golfo
(1990-91), momento en el que Estados Unidos mandó a sus fuerzas militares a
luchar en contra del ejército de Sadam Hussein que había invadido Kuwait, el
Primer Ministro español, Felipe González, prohibió que las fuerzas militares de
los norteamericanos pudieran aterrizar en cualquier punto del reino español.
Quino, como fue conocido el
Vicealmirante, desoyó las órdenes de Felipe González y permitió que los aviones
estadounidenses aterrizaran en la base naval de la Rota en camino a la guerra
en Medio Oriente, acción que le valió ser reprendido por el Primer Ministro
español y condecorado por el gobierno de George Bush Padre.
En ese trance delicado, la
Güera Migoya estuvo junto a su marido apoyando
la decisión que contravenía la del Primer Ministro, tratando con el personal
militar de Estados Unidos y con sus esposas para tratar de arreglar la ríspida
situación.
Aunque podríamos decir que ese fue el momento por el que la
historia política podría recordar al matrimonio formado por Quino y a Emérita
en un pequeño pie de página, en Puebla la Güera sería recordada por otros
motivos.
El primer motivo por el que recuerda en Puebla fue por ser
descendiente de una de las familias españolas textileras que la historiadora
Leticia Gamboa Ojeda definió como “empresarios y comerciantes pertenecientes al grupo dominante…” los
Migoya:
Por parte de su madre descendía
de las hermanas Velázquez, cuyo mérito ante los ojos de la sociedad
poblana era la belleza de sus ojos y que dos de las hermanas se casaron con
hombres ricos; Herminia Velázquez con Gabriel Alarcón Chargoy, y la madre de
Emérita, la Güera mayor casada con Don Perfecto Migoya.
Los antecedentes
familiares, las conexiones sociales y la fortuna textilera y bancaria de los
Migoya le dieron pase directo a la sociedad poblana, pero eso no es suficiente
para recordarla… no querido lector; lo que se recuerda de ella sus ojos azules,
que algunos describían como “los canicones azules” y su espíritu de
independencia.
Tal vez fue porque nació
bajo el signo de acuario que poseyó un espíritu de rebeldía que la llevó a ser
más emancipada—y criticada--de lo que fueron las mujeres poblanas de su
generación.
Cumplió con la formación que se les dio a las Señoritas de la
sociedad de las décadas del 50 y 60—estudios en el Teresiano, un año en Canadá
para aprender inglés y después el Social Femenino. La diferencia respecto a sus
contemporáneas fue que conoció a celebridades como Cantinflas gracias a que su
tío Gabriel Alarcón tenía una injerencia mayúscula en la industria del cine
nacional.
Pero fue a partir de la década del 70 que cambió su vida.
Se casó y aunque del matrimonio nació su única hija—feliz suceso--,
este se disolvió al poco tiempo de haberse efectuado.
El divorcio—mal visto por los poblanos de 71--, significó la
libertad de Emérita que se fue a la Ibero de México con su hermano Arturo donde
estudió Relaciones Industriales.
Su tiempo en la capital mexicana la llevó a socializar con las
personas más interesantes del jet set mexicano y su vida quedó plasmada en las
columnas y las fotos de Nicolás Sánchez Osorio para que los vieran sus paisanos
poblanos.
Finalmente en la década del 80 se mudó a España, donde trató con
Don Juan de Borbón, abuelo del Rey Felipe VI, y de su relación con el
pretendiente al trono español conoció a Quino casándose con él y posteriormente
pasando tiempo entre Puebla y España como esposa del noble Vicealmirante
gobernante de la Rota hispana.
Fue amiga en dos continentes de embajadores, gobernadores,
empresarios y damas de sociedad que la amaban o la odiaban… con Emérita no había
medias tintas.
Si nos detenemos a analizar la vida de esta mujer, producto de una
sociedad poblana provinciana y católica hasta el aburrimiento, debemos
reflexionar que su vida fue liberadora y ello hizo que rompiera los moldes de
comportamiento de la mujer siendo una precursora de opciones de vida que las
mujeres poblanas actuales dan por sentado. Descanse en paz Emérita Migoya, una
mujer extraordinaria.
Concluyo esta reflexión, agradeciéndole
a Mario Alberto Mejía lo oportunidad de participar en el proyecto de Sexenio
Puebla.