La belleza de la bondad en la experiencia del catolicismo
Pocas veces nos preguntamos si el ser “bueno” puede ser
entendido como una experiencia estética.
Propongo que sí, podemos pensar en el acto de la bondad como
parte de una experiencia estética.
Cuando vemos a una persona o grupos de personas realizando
buenas acciones—apoyando enfermos, cuidando a un padre o familiar enfermo,
apoyando a niños o animales maltratados—lo que experimentamos es un cúmulo de
sentimientos que pueden ser definidos como parte de una experiencia placentera,
creada por nuestros sentidos que ven en aquella acción, pero rara vez se
entiende como experiencia estética, tal vez por la zozobra que causa el dolor o
la incomodidad de la persona que está
siendo ayudada.
Pero de experiencia estética debe tratarse no sólo ver una
obra pictórica que retrata a Cristo sanando enfermos, sino saber que está
inspirada en los Evangelios, que en teoría están inspirados en hechos que
ocurrieron hace 2,000 años.
Los sentimientos que experimentaron los enfermos o poseídos deben
haber sido entre otras cosas, la experiencia de la belleza de la salud y la
belleza del amor de Dios.
En ese sentido, los milagros de Cristo, eran entendidos como
la entrega de una libertad, que concluía con una esclavitud específica.
Los católicos rara vez experimentamos directamente este tipo
de milagros, pero por la fe creemos que pueden operar en nuestra vida, a partir
de la intercesión de otras personas y la acción divina de Dios.
En “Cartas para la educación estética del hombre” escrita
por Federico Schiller, la experiencia estética se da a partir de la interacción
libre del hombre respecto al goce de la belleza que brinda la experiencia
natural, inspirada por la filosofía de Kant.
Vivimos en un mundo donde la experiencia estética se basa en
la realización de nuestras acciones egoístas: nuestros deseos son la experiencia
estética primordial, y la experiencia estética se basa cada vez más en lo que
dicta la televisión, los amigos, la computadora—la cultura en general.
No digo con esto que el pasado fuera mejor. El hecho de que
se ha cambiado tantas veces el paradigma hegemónico significa que los modelos
funcionan en varios sentidos y fracasan en otros.
De hecho y retomando a San Agustín, cada modelo está
condenado a fracasar por el pecado que heredamos de los primeros humanos, y es
el pecado el que hace que lo “malo” sea visto como algo bueno: la experiencia
estética queda distorsionada por el pecado, pero nuestra naturaleza buena
reconoce que a partir de la ayuda a los demás también se experimenta algo
bueno.
Debemos valorar esa belleza de las acciones buenas y
considerar una gracia el poder vivirlas y brindarlas a las demás personas.
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