jueves, 2 de febrero de 2017

La belleza de la bondad en la experiencia del catolicismo
Pocas veces nos preguntamos si el ser “bueno” puede ser entendido como una experiencia estética.
Propongo que sí, podemos pensar en el acto de la bondad como parte de una experiencia estética.
Cuando vemos a una persona o grupos de personas realizando buenas acciones—apoyando enfermos, cuidando a un padre o familiar enfermo, apoyando a niños o animales maltratados—lo que experimentamos es un cúmulo de sentimientos que pueden ser definidos como parte de una experiencia placentera, creada por nuestros sentidos que ven en aquella acción, pero rara vez se entiende como experiencia estética, tal vez por la zozobra que causa el dolor o la incomodidad de la persona  que está siendo ayudada.
Pero de experiencia estética debe tratarse no sólo ver una obra pictórica que retrata a Cristo sanando enfermos, sino saber que está inspirada en los Evangelios, que en teoría están inspirados en hechos que ocurrieron hace 2,000 años.
Los sentimientos que experimentaron los enfermos o poseídos deben haber sido entre otras cosas, la experiencia de la belleza de la salud y la belleza del amor de Dios.
En ese sentido, los milagros de Cristo, eran entendidos como la entrega de una libertad, que concluía con una esclavitud específica.
Los católicos rara vez experimentamos directamente este tipo de milagros, pero por la fe creemos que pueden operar en nuestra vida, a partir de la intercesión de otras personas y la acción divina de Dios.
En “Cartas para la educación estética del hombre” escrita por Federico Schiller, la experiencia estética se da a partir de la interacción libre del hombre respecto al goce de la belleza que brinda la experiencia natural, inspirada por la filosofía de Kant.
Vivimos en un mundo donde la experiencia estética se basa en la realización de nuestras acciones egoístas: nuestros deseos son la experiencia estética primordial, y la experiencia estética se basa cada vez más en lo que dicta la televisión, los amigos, la computadora—la cultura en general.
No digo con esto que el pasado fuera mejor. El hecho de que se ha cambiado tantas veces el paradigma hegemónico significa que los modelos funcionan en varios sentidos y fracasan en otros.
De hecho y retomando a San Agustín, cada modelo está condenado a fracasar por el pecado que heredamos de los primeros humanos, y es el pecado el que hace que lo “malo” sea visto como algo bueno: la experiencia estética queda distorsionada por el pecado, pero nuestra naturaleza buena reconoce que a partir de la ayuda a los demás también se experimenta algo bueno.

Debemos valorar esa belleza de las acciones buenas y considerar una gracia el poder vivirlas y brindarlas a las demás personas. 

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